jueves, 3 de abril de 2025

Lo que haces cambia al mundo, la intención con que lo haces te cambia a ti


El ser humano es un ente complejo, bien podríamos decir multidimensional, en nuestra persona confluyen elementos físicos, emocionales, intelectuales y espirituales. Cada uno de ellos a su vez presenta facetas fascinantes que por más que creamos saber acerca de ellos en realidad apenas hemos comenzado a rasgarlos en su superficie, una de estas facetas tiene que ver entre lo que sentimos, pensamos y hacemos.

 

Si pensáramos en nosotros como en seres duales, podríamos decir que existen y coexisten en nuestra vida dos mundos: el mundo externo y el mundo interno. El mundo externo es lo que vemos, lo que nos rodea, todo aquello con lo que interactuamos; el mundo interno son nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestros deseos, nuestros temores, todo aquello que no podemos dar ni compartir aunque sí evidenciar.

 

En este orden de ideas podemos decir que lo que somos viene siendo ese punto donde confluyen precisamente ese mundo interno con el mundo externo, y de la misma forma podemos señalar como es que lo que hacemos afecta ese mundo externo, pero la intención con lo que lo hacemos afecta nuestro mundo interno. Pensemos en algo que pudiéramos catalogar como una buena acción: dar de comer al hambriento, consolar al afligido, vestir al desnudo, o simplemente luchar por esto o por lo otro. La acción visible es clara y, por ende a la vista de todos, loable, pero lo que no podemos ver ni saber es la intención con la que se hace esa acción, eso permanece en el ámbito interno personal de cada quien.

 

Una buena acción, como optamos por llamarla, puede estar fundamentada en los sentimientos y pensamientos más nobles y altruistas así como en aquellos más mezquinos y egoístas. Eso no lo podemos saber, no lo podemos ver, en ocasiones lo podemos intuir, pero seríamos demasiado presuntuosos sin le diéramos el peso de hechos consumados a ese vislumbre que creemos percibir.

 

Pero independientemente de lo anterior, la disertación actual no va en función de tratar de adivinar las intenciones ocultas que los demás pudieran tener en sus acciones, sino más bien voltear la mirada de manera personal a ese reino privado que es nuestro interior para develar y develarnos las causas que están detrás de nuestro actuar, ¿para qué? simple y sencillamente para cuidar de ellas ya que éstas nos afectan como personas independientemente de los efectos palpables que vean los demás.

 

Quiero hacer un breve alto en este momento para aclarar que el peso no está en la intención con que se hagan las cosas ni tampoco en los efectos visibles que ven los demás de nuestras acciones, el peso está en el efecto que ambas situaciones, no solo una sino ambas, tienen en nuestra persona.

 

Hay quienes dicen que la intención es la que cuenta, pero si no muevo un solo dedo para tal o cual cosa, por más buenas intenciones que tenga, no he logrado convertir ese pensamiento en una fuerza dinámica que se ponga en movimiento a través de la acción. De la misma forma por más que haga cosas que los demás evalúen como buenas, positivas, de valor, si la intención es rastrera el efecto en nuestras personas será negativo.

 

Y en este punto la autoridad sobre ambos temas, lo externo y lo interno, recae sobre nosotros. Nosotros somos los que sabemos la intención con la que hacemos las cosas y también sabemos de los efectos de nuestro actuar, por lo que somos los únicos que podemos emitir un juicio de valor, un juicio de valor que si es negativo no busca ser condenatorio sino hacernos ver un área de oportunidad para crecer, de la misma forma un juicio de valor que si es favorable no es para regodearnos sino para reforzar nuestro andar en el camino de la congruencia personal.

 

La acción y la intención son dos facetas de nuestra persona que tienen que ver con nuestro carácter, ambas no son inamovibles en el sentido que no puedan mejorarse y mejorarnos, para esto se requiere la auto reflexión de manera honesta, abierta, objetiva y veraz con la finalidad de crecer como personas y llegar a ser el ser de luz que estamos llamados a ser, así que no lo olvides lo que haces cambia al mundo, la intención con que lo haces te cambia a ti.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

Formación • I+D+i • Consultoría

Desarrollo Empresarial - Gestión Universitaria - Liderazgo Emprendedor

www.rocefi.com.mx

 

 

Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/BoQDlx4IUi8

 

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jueves, 27 de marzo de 2025

No puedes desandar tus pasos, pero si puedes caminar mejor


 La vida humana, si bien corta para todo lo que quisiéramos hacer, no deja de ser toda una experiencia donde hay aciertos y errores, los aciertos nos impulsan mientras que loe errores en muchas ocasiones funcionan como lastres para avanzar, pero ¿y si pudiéramos deshacernos de esa carga negativa y así aligerar

nuestro andar?

 

Sin caer en lo trivial y aunque suene a verdad de perogrullo, podemos decir que en el caso de los errores hay de errores a errores. Permíteme explicarme. Errores todos cometemos, incluso pudiera decir todos los días, pero hay errores cuyo efecto en nuestra vida es mínimo, por ejemplo, olvidar un lápiz en tal o cual parte, pero hay otros errores que pudiéramos señalar incluso de errores con mayúsculas que afectan de manera definitiva nuestra vida, por ejemplo, un accidente grave de tráfico.

 

Si haces una breve recapitulación de tu vida, seguro estoy que podrás identificar dos o tres errores, si quieres llamarlos así, que te afectaron de manera definitiva. Este afectar se refiere a los efectos que dicho error pudo haber tenido en tu vida, efectos sobre los cuales en muchas ocasiones no tenemos manera de incidir porque son las consecuencias lógicas de nuestro actuar.

 

Pero el problema no es ese, el verdadero problema es el efecto emocional que nuestros errores, sobre todo los grandes, tienen en nuestra vida. Hay personas que, por decirlo así, no terminan de perdonarse esos errores, otras andan por la vida cargándolos y sintiéndose menos, también están los que queriendo superar un error son constantemente vilipendiados por los demás con lo cual no terminan de sobreponerse.

 

Esa actitud yo la ejemplifico como si te quebraras una pierna y, mientras está enyesada, usaras unas muletas para apoyarte en tu caminar, pero que una vez que el hueso sana y se te retira el yeso, sigues usando las muletas incluso sin apoyar completamente el pie.

 

Ahora quiero que veas este problema de las cargas emocionales negativas por los errores que cometemos desde una perspectiva completamente nueva y diferente, es más, de una forma como nunca antes la habías visto: como los errores de otra persona cuya carga negativa no tienes que cargar tú.

 

Me explico. Todo lo que nos constituye está en constante renovación. A nivel físico las células son constantemente reemplazadas por nuevas, los huesos, que es lo más resistente, se renuevan cada siete años, así que para ese entonces podemos decir que te has renovado en una persona enteramente diferente. En cuanto a lo emocional e incluso lo intelectual, tus emociones y tus pensamientos de la misma forma van cambiando. Recuerda un momento hace unos diez años y como sentías y pensabas de tal o cual tema y verás cómo es que ahora lo ves diferente.

 

Si física, emocional e intelectualmente podemos decir que cada siete, o diez años si gustas, estas siendo renovado cambiando en una persona enteramente diferente, ¿por qué debes cargar los errores de la persona anterior? Piénsalo, tu no cargarías los errores de alguien ajeno a ti, digamos un amigo, un vecino, un conocido o un desconocido, pues es exactamente lo mismo con los errores que has cometido y entre los cuales la vida ha puesto tiempo de por medio ¡ya no eres el mismo que en su momento cometió esos errores! Eres alguien enteramente diferente.

 

Este razonamiento no es para deslindarte de las responsabilidades inherentes a nuestras acciones, así no funciona nuestro mundo, sino más bien para liberarte de esa condena perpetua que en muchas ocasiones nos autoinfligimos y que nos impide crecer, madurar, fructificar y avanzar como persona.

 

El caminar por la vida no se vuelve más ágil si en ese andar cargamos con los errores que pudimos cometer en el pasado, pero si aprendiendo de ellos soltamos el lastre emocional que nos implica habremos avanzado en nuestra evolución hacia la trascendencia como personas.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

Formación • I+D+i • Consultoría

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/vXmMAS89FK0

 

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miércoles, 19 de marzo de 2025

Decide con sabiduría y valor: lo conveniente a veces no es correcto y lo correcto a veces no es conveniente


 La eterna discusión entre lo correcto y lo conveniente, debe llevarnos a tomar la decisión que creamos y que queramos, de una manera congruente con nuestro pensar, sentir y hacer sobre la cual nos hagamos responsable.

 

Cuando uno plantea la pregunta sobre qué es lo que cada quien decidiría ante una situación, si lo correcto o lo conveniente, en la mayoría de los casos la respuesta es lo correcto, pero luego cuando se ponen casos específicos la duda no tarda en aflorar.

 

“Supongamos que te dicen que hagas algo incorrecto pero que si no lo haces pierdes tu empleo o incluso tu tranquilidad familiar”, ya no está tan fácil la decisión, ¿verdad? Cuando uno plantea en la generalidad la opción decisiva entre lo correcto y lo conveniente la respuesta es lo primero, pero cuando presenta uno casos concretos, sobre todo que lo afecten, la respuesta se vuelve más complicada.

 

En cuestión de política, y esto es entendible, las decisiones tienden más a estar del lado de lo conveniente, ¿conveniente en cuanto a qué?, pues en cuanto a las simpatías que tal decisión pueda generar las cuales derivarán en apoyos subsecuentes. Un cerco que busca delimitar esto, ya que de otra forma fuera una ley de la selva, son precisamente las leyes. Pero cuestiones como propuestas, proyectos, posturas, en política siempre valorarán que tan conveniente es. 

 

Nuestra vida no puede desligarse de aquello que nos conviene, todos tenemos necesidades –físicas, cognitivas, emocionales, incluso espirituales-, de la misma forma tenemos familia, amigos, conocidos, todo ello influye a la hora de tomar una decisión, pero el costo de la misma siempre es personal, sea que la decisión sea correcta o conveniente.

 

No tiene caso argumentar a favor de decisiones correctas, la misma naturaleza de la decisión es el mejor argumento, la argumentación más bien debe ir en el sentido del efecto que cualquier decisión, correcta o conveniente, tendrá en tu persona. En una ocasión, platicando con un amigo, comentaba que en el caso de las decisiones, sobre todo cuando está en contraposición lo correcto y lo conveniente, el fiel de la balanza era mi persona frente al espejo. Cuando digo espejo no me refiero solo al espejo físico donde uno se observa, sino también al espejo de la familia, los amigos, la sociedad, y la vida misma.

 

El espejo físico nos refleja una imagen de nosotros, pero el espejo de la familia, los amigos, la sociedad, y la vida misma nos refleja nuestra esencia, ¿cuál queremos que sea ese reflejo? Al hablar sobre tal o cual tema, ¿queremos tener la tranquilidad de que obramos de manera congruente y coherente o preferiremos siempre tener la zozobra de que los demás tengan una idea diferente de nosotros?

 

La decisión de lo anterior, como todo en esta vida, es personal y lo que facilita mucho lo anterior es tener una visión trascendental de nuestra existencia, no solo en el sentido espiritual sino incluso material, esto último reflejado y entendido en cuanto al efecto que nuestros actos tienen no solo en nosotros mismos sino en los que nos rodean, en la sociedad misma e incluso en el futuro.

 

Si puede uno tener esa visión trascendental de lo correcto y lo conveniente, y si esa visión la usamos como el espejo sobre el que familia, los amigos, la sociedad, la vida y nosotros mismos nos reflejaremos, la decisión puede no sea más fácil, pero siempre será más satisfactoria.

 

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/s8woh_YfUVc

 

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jueves, 13 de marzo de 2025

Se requiere de la tempestad para probar la fortaleza de un barco


 Un hecho de la vida es que siempre el decir será mucho más fácil que el hacer, afortunadamente tenemos en nuestro andar y en el de los demás pruebas de vida que permiten decantar la palabrería y quedarnos con los hechos claros, concretos y objetivos que finalmente nos definirán como personas.

 

Cuando se habla de las pruebas de la vida, me gusta pensar en ello como la acción del viento en los arboles: en el segundo ejemplo la acción del viento permite tirar las hojas y ramas secas, sin vida, sin provecho alguno, permitiendo así surjan nuevos brotes; de la misma forma, y retomando la cuestión de la vida, las pruebas nos permiten deshacernos de lo que no necesitamos, fortalecer lo que nos es valioso y crecer como personas en carácter, congruencia y actitud.

 

En una ocasión, en un evento, me tocó escuchar el caso de una madre cuyos hijos habían pasado las peores pruebas. La madre nos relató que mientras que uno de sus hijos había salido avante y llegado a ser una persona de bien y de éxito, el otro se había derrumbado y que aún en esos días no había podido salir de los vicios y la degradación. Dado que era un tema sumamente sensible y personal no quise dar mi comentario sino que más bien le pregunte a ella que si a qué creía se debía esa diferencia cuando los dos habían pasado por cuestiones muy fuertes.

 

La respuesta sencilla pero clara nos dio una lección que difícilmente puede aprenderse con horas y horas de cursos y seminarios: “amo a mis hijos, nunca los dejaré de amar sean lo que sean, de la misma forma yo creo firmemente que lo que cada uno pasó no fue lo que vino a hacerlos lo que son, sino más bien que sacó a relucir lo que ya eran”.

 

Todos conocemos casos de gente que ha pasado pruebas durísimas y han salido adelante, incluso llegando a ser ejemplos de vida, fortaleza y superación. De la misma forma conocemos casos de personas que no han podido superar ningún obstáculo cayendo lo más bajo que pueden en su vida. Si bien esto depende en cierta forma de las circunstancias que cada quien vive y de los recursos que cada quien posee (cosas ambas que no podemos cambiar), hay una parte que depende de cada uno y que solo surge con el entendimiento y la conciencia.

 

A diferencia de los animales los humanos poseemos el don de la inteligencia, es decir, de la capacidad de razonar, inferir, análisis, sintetizar y de la misma forma de soñar, de plantearnos metas, de vivir con propósito. Pero no solo tenemos inteligencia, sino en un nivel superior tenemos conciencia, es decir, esa capacidad de ver más allá de lo evidente, de trascender el tiempo y el espacio con nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestras acciones, de llegar a vislumbrar los por qué y para qué de nuestra existencia.

 

Ambos elementos, inteligencia y conciencia, nos permiten interactuar tanto con el destino como con el libre albedrío, nos habilitan a entender el sentido de las vivencias incluso aquellas que no podemos cambiar y nos permiten decidir con congruencia y carácter cuando la vida nos da esa oportunidad, es así como nos volvemos al mismo tiempo tanto un efecto de la vida como una causa de la misma.

 

Volviendo a los casos de personas que han salido avante de las pruebas volviéndose verdaderos ejemplos vivientes, te sugiero pienses en uno de ellos, alguno que tengas a la mano sea porque lo conozcas o por que estés muy enterado de sus vivencias. Visualiza a esa persona, tanto antes de la prueba que consideras la definió como lo que es actualmente como después de la misma.

 

Vela tal cual es, con lo que sepas de ella. Ahora por último, pregúntate y contéstate ¿qué tiene esa persona que tú no tienes que le permitió hacer de su vida un ejemplo? La conclusión es obvia: nada. Son personas como tú, con defectos y cualidades, con fortalezas y debilidades, con valentías y temores, solo que independientemente de las circunstancias y de lo que eran, optaron con inteligencia y con conciencia ir más allá de ello trascendiéndose incluso a ellas mismas como personas.

 

A nadie nos gustan las pruebas de vida, son incómodas, molestas e incluso frustrantes, pero gracias a ellas tenemos la oportunidad de ser más de lo que creemos incluso de lo que podemos y llegar convertirnos en ejemplos vivientes de carácter, luz y trascendentalidad. Así que ante las pruebas de vida recuerda: se requiere de la tempestad para probar la fortaleza de un barco.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

Formación • I+D+i • Consultoría

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Este artículo puede verse en video en https://youtu.be/K1boeLP4bS8

 

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miércoles, 5 de marzo de 2025

Mente para pensar, corazón para sentir, y vida para compartir, ¿qué más necesitas?


 

Todos como seres humanos tenemos deseos y experimentamos necesidades, no creo que exista alguien que pueda ufanarse de no presentar estas dos condiciones inherentes a la naturaleza humana, en otras palabras, a todos nos falta algo, pero eso no es impedimento para lograr nuestras metas pues lo que poseemos como capacidades y potencialidades es suficiente para lograr todo.

 

¿Qué necesitarías para ser feliz? -pregunté en una ocasión en un seminario, las respuestas fueron variadas: más dinero, un mejor trabajo, más tiempo, más oportunidades, etc. ¿Qué necesitas para lograr eso que te haría más feliz? – seguí preguntando, de nueva cuenta las respuestas fueron en el sentido de establecer metas u objetivos para ello, trabajar en busca de eso, generar estrategias para eso, etc. Y para lograr esto último, ¿qué necesitas? – volví a preguntar una o dos veces más hasta dar con la respuesta de la cual depende todo: estar vivo, pensar y sentir.

 

Dicen que le preguntaron a dos personas disímbolas en cuanto a los resultados que habían obtenido en su vida –uno era exitoso el otro no-, que si a qué creían se debía el factor de su éxito o de su fracaso. La primera, la exitosa, señaló que nació careciendo de todo por lo que tuvo que luchar todos los días para ir obteniendo lo que quería hasta lograr así sus sueños. La segunda, la que no había triunfado, señaló que por el contario ella había nacido teniendo todo, viviendo en la abundancia, por lo que no había nada que la motivara a luchar por algo más. Todos queremos algo más, sea este algo una cuestión personal, profesional, institucional o social y sea que esté en el ámbito de lo material, lo emocional e incluso lo espiritual. De la misma forma sino sentamos y pensamos un poco en ello tenemos en nosotros todo el potencial para alcanzar eso que deseamos pues estamos vivos, pensamos y sentimos.

 

Ejemplos de éxito tenemos de sobra, de la misma forma podemos ver en esos triunfos gente que de prácticamente la nada logró lo que ahora nos asombra, incluso habrá algunos no solo que no poseían nada sino que además tenían varios factores en contra, y aún así salieron avante.

 

Te sugiero un ejercicio: piensa en alguien que consideres exitoso, alguien que pudieras señalarlo como un triunfador en su vida. Escribe aquellas cosas que esa persona tuvo que hacer y que consideres fueron factor crítico para alcanzar ese éxito. Una vez que termines esa lista de acciones dime ¿cuál de todas esas acciones tú estás imposibilitado en hacer? Como verás, lo que ellos hicieron es lo mismo que puedes hacer tú, no hay nada que te lo impida, al contario tienes todo para lograrlo.

 

Fíjate en los casos que previamente mencionamos, muchas veces pasa –aunque no siempre, hay que aclarar- que quien tiene todo se vuelve indolente, mientras que quien carece de todo genera una condición de lucha para alcanzar lo que desea –de igual forma: no siempre. El no tener todo lo que deseas ahorita puede servirte de aliciente para alcanzarlo y cuando lo logres, sea en la medida que lo logres, podrás decir que efectivamente es tuyo pues lo conquistaste solo con tu

voluntad para ello.

 

La vida presenta muchas facetas, cada una de ellas asombrosa por sí misma, de la misma forma tú, como parte de la vida, presentas muchos aspectos que solo en el fragor de la batalla cotidiana podrás descubrir, así que en medio de esa lucha, piensa en cada momento que tienes mente para pensar, corazón para sentir, y vida para compartir, ¿qué más necesitas?

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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jueves, 27 de febrero de 2025

Ante lo corto de la vida tienes dos posibilidades: aprovecharla o desperdiciarla, tú decides


 Hay un dicho que señala que nadie experimenta en cabeza ajena, pero este dicho, aunque verdadero, no es una sentencia fatal que no pueda revertirse; si logramos esto, un gran logro será escuchar, entender y experimentar lo que dicen nuestros mayores cuando señalan que la vida se va como un suspiro por lo que depende de nosotros aprovecharla.

 

No sé si les ha pasado (a mí sí), encontrarse con personas que prácticamente desean que sea uno quien las cargue por su vida, no solo esperan que uno les diga el hacia donde, por qué y para qué, sino incluso que esperan de uno que casi las haga avanzar a empujones.

 

Si te han tocado ejemplos como los anteriores sabrás que, independientemente de los altruistas y buenos deseos que inicialmente lo muevan a uno a tratar de ayudar a esas personas, lo único que logra es una dependencia de ellos y un detenerse de uno.

 

No estoy criticando esa loable actitud que nos permite en ocasiones ser factor de cambio, de éxito, de dinamismo en la vida de otras personas, estoy señalando lo negativo de pretender ser uno quien dé los pasos en el camino de la vida que requieren ser dados por otro.

 

Si nos fijamos, hasta aquí ya hemos tocado dos personajes: el que desea uno le haga prácticamente todo y aquel que aprovecha el empujoncito que uno pudiera darle para emprender el vuelo. Ambos son ejemplos de la actitud que podemos tomar ante la vida de aprovecharla o desperdiciarla, de la misma forma ambas actitudes dependen de nosotros, no de los demás.

 

Relativo a este último punto, me ha tocado en ocasiones escuchar gente que se queja de cómo le ha ido en su vida señalando las personas, factores o instancias que dieron al traste con su proyecto o tal o cual meta u objetivo trazado. Cuando tengo la confianza para, le digo a esa persona “muy bien, ya me explicaste y entendí todas aquellas cosas que en su momento estuvieron en tu contra para tal o cual proyecto, ahora dime, ¿ante tales circunstancias de qué manera tú redoblaste tus esfuerzos para salir avante de ellas?"

 

Obvio que si se quejan es porque no salieron avante, pero la pregunta va más bien en el sentido de señalarle la responsabilidad inherente que tiene –y todos tenemos- de actuar o no ante cualquier reto que la vida nos presente, siendo esto la diferencia entre el lograr o no.

 

Entiendo, comprendo y lo he experimentado: no todo es cuestión de querer, poder y hacer, a veces en efecto las circunstancias nos sobrepasan, pero la única forma de decir que de nuestra parte no quedó nada por hacer es precisamente demostrando que se hizo todo lo que estaba a nuestro alcance, todo e incluso más, de otra forma solo es una argumentación para justificar nuestro estado y buscar así deslindar la responsabilidad personal de nuestras acciones o inacciones.

 

Cuando me toca estar en algún evento relacionado con cuestiones de liderazgo o emprendedurismo, me gusta preguntar lo siguiente: si no somos eternos, ¿por qué comportarnos como si lo fuéramos? Detente un momento, mira tu vida que tan aprisa ha transcurrido. Los mayores señalan que la vida es un suspiro, solo que nos damos cuenta de ello ya que se ha ido. Pero si eres capaz ahorita de ver eso, bien puedes usar esa reflexión para la siguiente vez que tengas una decisión de importancia en tu vida.

 

Me gusta pensar en la vida como un breve interludio consciente que se nos ha permitido experimentar, tal vez más que breve, brevísimo. En ese contexto lo que hagamos o dejemos de hacer dependerá de nuestro deseo y actitud por aprovechar el momento, así que recuerda: ante lo corto de la vida tienes dos posibilidades: aprovecharla o desperdiciarla, tú decides

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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jueves, 20 de febrero de 2025

Si no has encontrado lo que buscabas, la respuesta no es dejar de buscar sino buscar en otro lado


 No hay duda que nuestra vida es un constante buscar: buscar nuestras metas, buscar nuestro camino, buscar nuestro destino. Las constantes preguntas que nos hacemos sobre nuestra existencia nos impelen a buscar una respuesta no solo que nos satisfaga sino incluso que nos trascienda.

 

Cuenta una historia que una persona estaba buscando algo en la calle, en eso se le acerca alguien y le pregunta que si qué busca, el otro le responde que un anillo y el recién llegado se ofrece a buscarlo junto con él para ayudarlo. Dicen que así estuvieron buen tiempo hasta que el recién llegado le preguntó que más o menos dónde lo había perdido, a lo que el que buscaba le dijo que fue como a tres cuadras de ahí. Asombrado el otro por la respuesta le dice que si lo perdió como a tres cuadras que si por qué lo está buscando ahí, a lo que el que originalmente buscaba le responde que simple y sencillamente que por qué ahí hay más luz.

 

El relato anterior, medio en serio medio en broma, es una alegoría de lo que nos sucede en la vida cuando nos empecinamos en buscar en el lugar incorrecto acusando a la vida o el destino de no poder encontrar lo que deseamos cuando en eso nadie más que nosotros tenemos la responsabilidad de ello.

 

En otras participaciones hemos hablando de la tenacidad en nuestro andar, de no cejar en el esfuerzo, pero eso no quiere decir empecinarse en una sola forma de alcanzar lo que nos proponemos. Debemos tener la flexibilidad de adaptarnos a  las circunstancias e incluso de ver las señales que nos da la misma vida para

avanzar hacia nuestra realización.

 

En una ocasión, en el receso de un taller de administración del tiempo para el logro de metas y objetivos que daba, una persona me comentó de sus deseos por avanzar en su vida profesional, pero que eso se le estaba haciendo mucho muy pesado. Al preguntar un poco el por qué de ello me comentó que para avanzar en su vida profesional había decidido estudiar un posgrado, una maestría, pero que no le gustaba para nada. Le pregunté que si no le gustaba por qué entonces la estaba estudiando, la respuesta fue que la estudiaba para adquirir las habilidades y conocimientos necesarios para avanzar en su carrera profesional. No le comenté más pero me quedé pensando en cómo avanzaría más adelante en su carrera profesional cuando tendría necesariamente que aplicar lo aprendido en una maestría que por lo visto no le gustaba para nada.

 

Todos tenemos metas, sueños, objetivos. La mayoría tenemos las maneras en que creemos que podemos lograr esas metas y objetivos, y aunque, como dice el dicho, todos los caminos conducen a roma, unos son más agradables de caminarlos. Por ejemplo, el caso anterior, dejando la meta establecida (cursar un posgrado) y el deseo subyacente en la misma (avanzar profesionalmente) está el camino que recorría la persona del relato (una maestría que le desagradaba) o el camino que le hubiera dado mayor gozo y disfrute y por ende mayor dinamismo a su potencial que es cursar una maestría que sí le agradara.

 

Del otro lado tenemos aquellas personas que a las primeras de cambio, a las primeras dificultades, dejan todo y avientan por la borda no solo sus sueños, metas y objetivos sino incluso el tiempo y esfuerzo que ya le pudiesen haber dedicado a ello. Esta actitud conduce a una certeza fatal: la de no lograr lo que uno desea, busca o requiere.

 

La cuestión es buscar, pero manteniendo ese espíritu de apertura a las opciones y oportunidades que se puedan presentar y si no se logra lo que se obtiene, intentarlo de otra forma, después de todo si no has encontrado lo que buscabas, la respuesta no es dejar de buscar sino buscar en otro lado.

 

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.

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